El impacto de las noticias falsas no depende únicamente de la gravedad del mensaje, sino del canal por el que entra en el cerebro. Una investigación pionera desarrollada por el centro PRHLT de la Universitat Politècnica de València (UPV) ha demostrado que la desinformación difundida durante la catástrofe de la DANA del 29 de octubre de 2024 —que dejó 233 víctimas mortales— activó patrones neurológicos, ritmos fisiológicos y emociones radicalmente distintos según si el usuario consumía el bulo a través de TikTok o de X.
El equipo investigador monitorizó la actividad cerebral, los movimientos oculares y la frecuencia cardíaca de ocho residentes de la provincia de València (incluyendo afectados y voluntarios), recopilando más de 4.300 registros experimentales válidos. Todos ellos fueron expuestos a 650 publicaciones previamente verificadas por Maldita.es, Newtral y EFE Verifica, que recopilaban rumores recurrentes sobre supuestas presas rotas, víctimas ocultas, manipulación climática o bloqueos de ayuda humanitaria.
La trampa visual de TikTok frente a la pausa analítica de X
El hallazgo más llamativo del estudio reside en la velocidad con la que el cerebro procesa la mentira según el formato. Ante los vídeos engañosos de TikTok, los participantes reaccionaron aproximadamente un 15 % más rápido que frente a informaciones verídicas.
A nivel neurológico, el formato audiovisual provocó un incremento notable en la potencia de las señales delta y theta en regiones del hemisferio derecho, lo que refleja una implicación inmediata de la atención primaria y un secuestro del procesamiento emocional.
En X, el cerebro operó bajo una lógica inversa:
- Los mensajes engañosos exigieron más tiempo de respuesta, lo que apunta a un procesamiento mucho más pausado de los textos.
- Se registró una menor potencia en distintas áreas cerebrales, un patrón vinculado a los procesos cognitivos de evaluación crítica y contraste de credibilidad.
«En TikTok, los vídeos con desinformación mostraron una mayor potencia en determinadas señales cerebrales, especialmente en las bandas delta y theta de regiones del hemisferio derecho, un resultado compatible con una mayor implicación de la atención y el procesamiento emocional. En X, por el contrario, observamos una menor potencia en distintas regiones cerebrales, posiblemente vinculada a procesos de evaluación de la credibilidad», explica Iván Arcos, investigador del PRHLT de la UPV.
De la sorpresa y el asco a la ira y el miedo
La arquitectura de la mentira condicionó directamente las emociones registradas en el laboratorio.
En TikTok, donde predominaron los recursos audiovisuales alarmistas diseñados para el impacto sensorial rápido, los patrones cerebrales identificados se asociaron principalmente a la sorpresa y al asco.
Por su parte, la desinformación en X recurrió con frecuencia a testimonios en primera persona, reformulaciones y negaciones para construir una falsa sensación de verosimilitud. Como respuesta, la actividad neurológica en esta red estuvo dominada por la ira y el miedo, respuestas emocionales habitualmente vinculadas a los juicios morales y a la búsqueda de culpables o responsabilidades políticas.
La huella de haber estado en el barro
El estudio de la UPV reveló un matiz decisivo: la experiencia vital previa ante la catástrofe modula la respuesta cerebral ante la mentira.
Los voluntarios que participaron en las tareas de ayuda activaron especialmente la banda theta en las regiones temporales derechas al ver vídeos falsos de TikTok, un área estrechamente ligada a la memoria emocional y la atención contextualizada por la vivencia real.
Quienes no intervinieron en las labores de emergencia mostraron una activación superior en las regiones frontales, compatible con estados de vigilancia neutra y evaluación distante del contenido.
«Estos resultados sugieren que tanto la plataforma como las experiencias personales pueden influir en la forma de procesar la desinformación», subraya Paolo Rosso, coautor de la investigación.
El trabajo, que integró estas bioseñales con modelos de inteligencia artificial, concluye demostrando el potencial de unir la fisiología humana con la tecnología computacional para anticipar y neutralizar el impacto de los bulos en futuros escenarios de crisis y catástrofes humanitarias.










































