De pasarelas y otras chanzas en la Valencia del Cid

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1972

Javier Furió

Editor y diseñador web

Pues he aquí, Mio Cid, que vuestra llegada, oh, venida, avenida ya no va a tener pasarelas. Ya podrán pasar los aviones sin dejarse las alas en ellas, ni algunos sus cornamentas, Dios nos guarde. Que el señor concejal de movilidad ha decidido inmovilizar las huestes automovilísticas para pacificar, dice, el tráfico en la entrada Oeste de la Ciudad. Como vos a los moros malos en el año de nuestro señor 1100.

Pues de derecha a izquierda, de babor a estribor, de diestra a siniestra, una docena de carriles nos aguardan para aventurarnos a cruzar la avenida y, Pardiez, quién tuviera vuestras piernas, mancebo, para no morir en el intento.

Porque dice micer Grezzi que se avisa a los conductores, jinetes de la modernidad, de que amainen los caballos de sus motores, para no llevarse por delante cojos, tullidos, doncellas y todo lo que se mueva. Manda lo que manda que para que funcione la cosa, tenga que morir alguno en la orilla. A lo salvaje, como antaño. Matemos a la gallina para salvar a los huevos.

Y si no, volverán las largas colas -perdón, filas- de coches, camiones, motocarros y autocares a elevar a las alturas aquella banda sonora de tantos atascos con claxones y gritos de cabrones encabronados, parte por los negros humos, parte por el carrusel deportivo, parte por el parón en caravana.

Aunque para salvar, salvar, mejor salvemos el pescuezo de maese Fuset, que con la encuesta fallera aquella, indiscreta, coqueta…, de pandereta, oiga, para que uno pregonara a bombo y orquesta qué piensa, que reza, qué vota y por dónde le aprieta. Que los defensores del honor y la prudencia, los de Protección de Datos, han cargado un multazo de los de arrea que no veas al Ayuntamiento de Valencia.

Que para qué preguntas, alma cándida, si ya sabes que cuando de fiestas y lisonjas se trata, el valenciano vive sin vivir en sí y todo lo demás, que hace bueno aquello de que donde tengas la olla no metas lo que cuelga, y si cuelga o no cuelga no es de tu incumbencia, no urgues, no señales ni critiques.

Ahora os niegan, mío Cid, el pan y la sal, o lo que es lo mismo, las pasarelas y las fiestas, y así no hay cristiano que lo aguante, que ni madrugando, nos asiste Dios nuestro Señor. Y no sigo porque la cena me espera. Que, hermano, con las cosas de comer, no se juega.

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