Luz Gabás aborda el drama de la España vacía en su nuevo libro

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Luz Gabás ya nos movió de la silla con asombro al recuperar, en su primera novela, la memoria del África colonial española. El que más y el que menos, casi todos guardamos en la alcoba mental de los recuerdos alguna historia más o menos difusa protagonizada por aquellos emigrantes que, en busca de fortuna, se convirtieron en colonos esforzados en Fernando Poo. En los viejos baúles arrumbados en los trasteros de cualquier pueblo, aún se encuentra alguna de aquellas fotos pequeñitas en blanco y negro del tío que se fue a África con un salacot en medio de la selva. Allí, en Palmeras en la Nieve, nos contaba la increíble historia de los que se fueron.

Ahora, en ‘El latido de la Tierra’, nos cuenta la otra parte de la historia: la de aquellos que se quedaron en aquellos pueblos. Luz Gabás vive en una aldea, ha sido alcaldesa y conoce como nadie la lucha de la España rural para detener la hemorragia imparable de corazones que dejan de latir en ella.

La entrevista

Pregunta: ¿Por qué los pueblos se quedan vacíos?

Luz Gabás: Todo parece haberse aliado para extinguir la vida rural. Primero, fueron las repoblaciones forestales y los pantanos. Después, la mecanización del campo y que la ganadería se fue transformando de familiar en extensiva. Así, los animales fueron los primeros en desaparecer de las casas rurales. Siguieron las directrices europeas que privan de iniciativas de supervivencia propia a los pueblos. Y por último, el cambio climático que hace casi imposible la subsistencia del agricultor tradicional.

P: Pero las nuevas carreteras parecen haber acercado el campo a la ciudad…

LG: Lo que pasa es que los que se van, no vuelven jamás. Es un proceso lento. Primero, se van los jóvenes, vienen a veces de visita pero, cuando se mueren los viejos, los jóvenes que viven en las ciudades con salarios muy justos no pueden hacer frente al mantenimiento de las casas del pueblo que van deteriorándose abandonadas hasta la ruina. No ayudan los impuestos que deben pagar por unas propiedades sin más valor que el sentimiento y el recuerdo.

P: Nos cuentas en tu novela dura la batalla por mantener el esplendor y la estirpe de una de estas casas solariegas.

LG: Cuando el arraigo viene de generaciones, es difícil aceptar que la batalla está perdida. Sientes latir el corazón de la casa y la tierra y sabes que eres la última. La responsabilidad te atenaza.

He intentado que los lectores sientan ese latido y vivan los desesperados esfuerzos por sobrevivir en un mundo que se derrumba.

P: En tu novela, “la casa” es una protagonista más y con enorme trascendencia.

LG: Sí. No puede entenderse la vida rural sin ese concepto de casa y tierra fundido con la identidad de la familia.

La obra

Después de docenas de generaciones durante centenares de años, la familia que habita una casa solariega y las tierras que le proporcionan el sustento ven desmoronarse su modo de vida y cómo, poco a poco, la influencia social y sus recursos disminuyen hasta casi el aislamiento.

Alira, la heredera, la última de su estirpe, se siente amarrada a la casa como a un ancla que le impide gobernar una vida que parece no pertenecerle.

Nunca una mansión ha tenido tanto poder sobre el destino de sus moradores.

El amor, el orgullo, la esperanza, el mañana…, todo parece supeditado a una herencia irrenunciable.

Es una historia de liberación y muerte. Un corazón que deja de latir y, tras un momento que parece eterno y asfixiante, otro empieza a latir alumbrando otra vida.

Es la historia del último latido de la tierra.

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