¿Izquierdas o Derechas?

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José Carlos Morenilla

A veces, cada vez más veces por desgracia, te interrogan,  te preguntan, te miran mientras hablan, te piden que te definas  para valorarte como amigo y te conminan a que confieses si eres de izquierdas o derechas.

En medio del debate apasionado, en el almuerzo, en el café…, es algo a lo que no te permiten que no contestes, que pases del tema. Te queda el recurso conciliador de confesarte apolítico: “a mí es que no me interesa la política”. Pero entonces, ya no estás legitimado para dar tu opinión sobre ningún tema, para que tener opinión sobre casi nada. Porque la política, es decir, las ideas que forman parte de un ideario partidista, terminan invadiendo todos los temas. También puedes pedir tiempo muerto, aplazamiento, y decir: pues aún no sé. Y seguir en el debate. Entonces no tardan mucho, ellos por su cuenta, en definirte aunque no quieras: “oye, a mí no me engañas, tú de izquierdas” o “vamos, eso que dices te delata: derechón, derechón”.

Lo que no están dispuestos a perdonarte es que tú te empeñes en no ser de un bando ni de otro y seguir opinando libremente. Si tal cosa haces, te sueltan la retahíla de deméritos y ofensas del bando contrario. Y te lo dicen, así, agresivamente, a la cara, por si estás ocultando la ignominia de ser del otro bando.

Y, lo que es peor, a veces, cada vez más veces, te obligan a tomar partido. Porque es el de tu novio, el de la gente de tu equipo deportivo, porque siempre han sido tus amigos, porque has conseguido trabajo en un centro donde todo el mundo es de ese bando, o porque quieres conseguirlo,  o porque estás harto de luchar para permanecer neutral…,  y soportar siempre el mismo debate.

Y cuando ya te has rendido, cuando ya has aceptado tu etiqueta, tu tatuaje, cuando ya crees que al ser como ellos, serás amigo y te dejarán en paz, entonces, empiezan a decirte lo que puedes y no puedes decir, a quien debes o no debes votar, quién es simpático y quién no y lo que tienes que pensar. Y, lo que es peor, a quiénes tienes que odiar.

El siguiente estadio de la adscripción  política obligatoria es más improbable, o mejor dicho, lo era, o me lo parecía a mí. Puede suceder en ese terreno de lo improbable, del espanto inesperado, de la ignorancia de la Historia, que uno de los bandos alcance tal poder político que pueda subvertir el orden legal y colocarse en posición de aplastar los derechos de los ciudadanos del otro. Entonces los adversarios políticos se convierten en enemigos reales. Y como tales son tratados, perseguidos y, si se puede, exterminados. Algunos ya lo desean y pregonan enardecidos.

Ha habido en la Historia algunos ejemplos de estos exterminios. En todos los casos hubo necesidad de tres grupos de ciudadanos: un porcentaje más o menos numeroso de los que apoyaban al poder represor, otro de un tamaño parecido que se oponían y que fueron el objetivo de su represión hasta su extinción, y un tercero, vergonzosamente grande, de quienes no hicieron nada, de quienes fingieron tanto su ideología que terminaron siendo cómplices de la tragedia.

Y todo por un plato de sopa.

Yo recuerdo la sopa de mi tía Manuela. Cuando estudiaba en la Universidad, como era de un pueblo vivía en casa de mi tía. Todos los días a las 9 de la noche en punto, se servía la cena que invariablemente, tanto en verano como invierno, empezaba por un plato de sopa. No éramos muchos, mis tíos, dos primos, una prima de cuyo atractivo eran más culpables mis hormonas juveniles que su belleza, y una hermana de mi tía, de ignotos antecedentes emocionales, que derivaron en lo de solterona.

Aquella sopa era gratis, pero no boba. La condición para tener un lugar en la cena, era no hablar de política. Era algo sobre lo que mi tía era inflexible. Una sola palabra desafortunada y te quedabas sin cenar.  La sopa al fregadero y tú a la cama. Entonces, aunque lo sabía todo de la familia, nunca llegué a comprenderlo. Hoy, por desgracia, con la aproximación a lo “improbable” que vivimos, lo comprendo.

Mi tía era la pequeña de siete hermanos cuando “estalló la guerra”, como decían en aquella época en España. Como si lo del “estallido” hubiese sido algo imprevisto, inevitable, que dejaba a los ciudadanos completamente inocentes y al margen de la contienda. Y en “aquella guerra”, de sus siete hermanos murieron cuatro. Sólo sobrevivió mi padre y mis dos tías. De los cuatro muertos, dos perdieron la vida en un bando y dos en otro. No sé muy bien cómo fueron aquellas muertes, ni qué fue de ellos. En casa nunca se hablaba del asunto. El duelo fue igual para unos como para otros. Pero dado el carácter aguerrido de mi tía debió haber héroes en los dos bandos pero, en ninguno, medallas. Todos eran mayores de edad, decididos y guapos, por las pocas fotos que vi. No sé si en casa de mis abuelos se hablaría de política, si debatirían sus ideas entre ellos, ni siquiera sé si participaban en algún partido. Les pilló en zonas enfrentadas, eran jóvenes en edad militar y sus noticias se perdieron hasta que llegó la de sus muertes recibidas siempre con la misma angustia y desconsuelo.

Mi tía, pues, tenía derecho a exigir silencio. Nada que pudiera dividir a su familia, a ponerla en peligro, le era soportable. Ella entendía que el debate político, el enfrentamiento partidista era peligroso. Porque cuando has vivido el horror, la crueldad del monstruo, su sed de víctimas, te aterra hacer el más mínimo ruido que pueda despertarlo.

No comprendí entonces, bien entrada ya la España constitucional, años después de proclamada la amnistía, de aceptada la reconciliación, del regreso de los exiliados, de la alternancia pacífica en el poder de los partidos de un bando u otro, que mi tía siguiera exigiendo silencio en su sopa.

Hoy, que ya tengo tantos años como ella tenía en aquellas cenas, la comprendo. Hoy que he visto como desde el poder en Catalunya se pisotean los derechos de la oposición, se incita al odio de unos contra otros, se divide a la sociedad en una antesala preocupante de la violencia. Hoy, que entre nosotros es cada vez más difícil ser neutral, tener derecho a cambiar de opinión, votar a las personas sin tener en cuenta sus partidos, decir lo que piensas sin que alguien  te mire mal…

Hoy, después de tanto tiempo, me gustaría llevar unas flores de reconocimiento a la tumba de mi tía, pero no puedo. Sus restos yacen por su deseo expreso en una ignota fosa común. Esperó a la muerte así para reunirse con sus hermanos.

Así que, con mucho orgullo, seguiré defendiendo mis ideas políticas en libertad, escribiendo de ellas y votando a quien me dé la gana, pero, en su honor, cuando me pregunten si soy de izquierdas o derechas no pienso contestar, ni permitir que nadie conteste por mí…

Aunque me vaya la vida en ello.

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